Calamaro y el camino del ídolo

By 27 junio, 2016Destacada

Lo peor de Andrés Calamaro es que nunca se sabe por dónde va a salir y lo mejor de Andrés Calamaro es que nunca se sabe por dónde va a salir.

Calamaro nos dio el sábado otra lección de Arte y siguió trabajando en la ardua tarea de perpetuarse a sí mismo en una suerte de ídolo argentino. Sabemos lo que eso supone. Un ídolo es un ser superior más allá de lo racional. En el país de la pampa este concepto alcanza niveles Premium: Gardel, Evita, Maradona. Y él no evita jugar.

Aunque pueda caer en la lona.

Fue hermoso sentir un orgullo sudamericano sobre la alfombra persa del genio. ¿También tuvisteis la sensación de que lo que vimos llevaba décadas latente bajo toneladas de tatuaje y rock? Andrelo sólo se explica por sus muchos andrelos latentes. El de ayer fue un andrelo territorial, cobrizo, taurómaco y sentimental.

El guión era una aclaración de principio a fin: ahora quiero hacer esto. Así que se tomó la libertad de comenzar con La Libertad, de El Cantante, disco íntimo, sudamericano y delicado donde los haya. Siguió con Algo contigo y Estadio Azteca en clave de bolero, y quedaba así abonado el terreno para la calma y la seriedad. Sí, seriedad. Los que han estado en varios conciertos saben que el humor es uno de los puntales del show de este ídolo. No fue el caso, ya que ni siquiera hubo presentaciones de canciones… hasta que se arrancó con una disertación sobre los aperitivos proletarios argentinos y el correspondiente fragmento de humoradas cordobesas (aclaró que no aludía a la tierra de los califas sino a una de las capitales mundiales del buen vino). Ya de paso hizo publicidad de una ortopedia que le dio mucho mambo: Zaraorto.

Salidos del boliche más tranquilo de todo el Plata y envueltos en el humo de los locales-jazz de los barrios duros de Chicago, tres músicos flanqueaban a El Cantante Que Más Juega Con Su Timbre De Todo El Mundo. De entre ellos destacaba un finísimo pianista, paladín de la emotividad llamado Germán Wiedemer. Rubén Juárez en Córdoba, Goyeneche en Buenos Aires y Piazzola bendiciendo desde París (no hay palabras para la versión que hicieron de Milonga del trovador, así que para qué me voy a esforzar).

Hubo sus guiños a sí mismo, al rodriguezismo presente en la sala y al rockerismo en modo soft. Pero el bolero lo fue todo. Pese al viraje el público fue fiel al tótem y eso implicó exigencia. Del set list que me chivan vía backstage deduzco que se tocó mucho más de lo que se esperaba en un principio. Es decir, el público pidió y pidió, y Calamaro dio y dio.

Finalmente, y aunque hizo esperar a la afición, el crooner de La Plata transformó la Mozart en tendido del siete. Como era natural, nos hizo una media verónica completa y el tercio de los sueños fue el fin definitivo.

Calamaro llegará a ser Gardel.

Imágenes cedidas por Julian Fallas