Tachenko: Comfort y música para volar

Hace muchos años jugábamos a esperar el día sentados en barras de bar y elucubrábamos con el aspecto que tendríamos a la luz del sol. Hoy buscamos intérpretes para el antiguo idioma de la ginebra porque hemos olvidado casi todo de lo que hablábamos. Menos el misterio de la canción. Pop. Ligera. Ligera como el recuerdo de Gustavo. Como el de Antonio Estación dando título a un LP, como Sergio Algora agachado en una prueba de sonido tratando de escuchar las notas que salen de un teclado, como el jinete Génzor cabalgando huyendo de los apaches (o de los casacas azules, ¿quién sabe?)

Era salir y no volver a entrar. Una frase que resume una vida, la tuya, la mía, la vuestra. Sigo esperando la nieve despistada sobre el kiosko del parque Grande. El nuevo disco de Tachenko es como un álbum de fotografías que han cogido color. Pasas las páginas de un lado a otro y te llegan los recuerdos buenos (y los malos también, pero de esos solo hablaremos el lunes a las siete y treinta y cinco, justo cinco minutos después de que suene el despertador), paladeas la mezcla perfecta, la falda que tanto te gustaba, el corte de pelo y la duda eterna: ¿pañuelo o corbata?

Vuelvo a escuchar Mordekay o El tiempo en los Urales y recupero las palabras que creía perdidas entre la saturación del final de los noventa. Es como volver a un libro y encontrar frases chulas que pasaste por encima. Hace diez años leíamos como bailábamos: deprisa y mal, una detrás de otra. No sé porqué hablo de bailar si en realidad lo que hacíamos era pinchar canciones y cantar y cantar.

El próximo jueves la delicadeza se hará mayor de edad, la electricidad se deslizará bajo las butacas y te acariciará las plantas de los pies. A veces una sonrisa de jueves vale por mil gritos afónicos una noche de sábado.